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Antoni Calvo, director de la Fundación Galatea

«Cada equipo de trabajo debería tener su propio plan de bienestar emocional»

Mònica Fidelis Pérez de Tudela
Mònica Fidelis Pérez de Tudela
Periodista. Project Manager
SOM Salud Mental 360
Toni Calvo

La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que el trabajo decente es bueno para la salud mental. ¿Qué es, a su entender, el trabajo decente?

«Yo no utilizaría el concepto “decente” para definir qué es un trabajo sano. En cualquier caso, hay diversos factores que nos pueden indicar que estamos ante un entorno profesional sano y productivo en el que la persona tiene la sensación de que desarrolla su vida profesional de una forma adecuada. Esta sensación implica motivación, conexión con la realidad y sensación de estar haciendo un trabajo que tiene sentido para la comunidad. Este sentido de la satisfacción es más evidente, por supuesto, en aquellos trabajos en los que nos relacionamos con otras personas.

Estos factores son muy diversos, desde recibir una remuneración adecuada a trabajar en equipo en una organización respetuosa, que valora la calidad de las relaciones o de los espacios, por ejemplo, más allá de las cualidades profesionales.»

¿Qué significa ‘estar bien’ en el lugar de trabajo?

«El componente subjetivo de cómo percibimos si estamos bien en el trabajo es esencial, aunque a veces nos incomode a los que nos dedicamos a la gestión de las personas en el lugar de trabajo. Siempre queremos tenerlo todo medido para entender lo que está bien, lo que no o lo que hace falta, pero, en términos de salud física y emocional, esta subjetividad es clave: las cosas no son cómo son sino cómo las sentimos. Son muchas las variables que influyen en las percepciones personales.

Desde las organizaciones se busca poder incidir sobre este factor subjetivo para que las sensaciones de las personas trabajadoras sean buenas, pero hay algunos aspectos que difícilmente se pueden controlar, como la estructura de personalidad de cada persona, por ejemplo.»

¿Por qué cuesta tanto verbalizar y pedir ayuda cuando hay malestar en el lugar de trabajo?

«Creo que la percepción de lo que significa el trabajo está cambiando, especialmente en las nuevas generaciones. Estamos conviviendo diferentes generaciones con una percepción sobre el trabajo ligeramente distinta. La generación de los Baby Boomers y buena parte de la Generación X, por ejemplo, piensa que ir a trabajar es algo que tiene que hacer, no porque sea lo que quiere necesariamente. Persiste esa idea de que hay que ir a trabajar porque no queda otro remedio, porque es la forma de poder sustentar las necesidades de la vida. Por otro lado, tenemos a generaciones más jóvenes que, cuando se encuentran bien en el trabajo, disfrutan y se implican mucho, pero también son capaces de poner límites y potenciar la parte personal de su vida. Este cambio de mirada sobre el trabajo es algo a tener en cuenta desde las organizaciones. En teoría, éstas están ahora más receptivas y preparadas para escuchar, así que a una persona que sienta malestar no debería costarle poder dirigirse a los departamentos de recursos humanos para plantear cuestiones organizativas o situaciones de malestar.»

En general ¿Cómo de lejos estamos en España de tener espacios de trabajo saludables y por tanto profundizar en la prevención?

«En 1995 se aprobó la Ley de Riesgos Laborales y, desde entonces, ha habido una clara evolución en este sentido. Hay sensibilidad y las organizaciones se han ido adaptando, en algunos sectores más que en otros. En el sector salud, por ejemplo, se ha evolucionado bastante y se ha tomado medidas, por ejemplo, sobre la disposición de espacios específicos para los descansos, la ergonomía y los riesgos psicosociales. Queda mucho por hacer, pero sí que ha habido una evolución.»

¿Cuál es el coste para la sociedad el no aplicar estrategias específicas de salud mental en el ámbito laboral?

«Si las personas no estamos satisfechas en el ejercicio de nuestras profesiones o haciendo nuestro trabajo, esto repercute tanto en la productividad como en las relaciones, tanto dentro de la organización como en nuestro entorno más cercano. Todo está conectado y lo que ocurre en nuestro lugar de trabajo afecta a nuestra vida personal, y al revés.

Hablando de organizaciones sanitarias, una de las prioridades que siempre sostengo es transmitir a los departamentos de recursos humanos y a cada profesional del ámbito de la salud la necesidad de cuidar las relaciones, de cuidar del otro. Cuidar a nuestro compañero o compañera, a los equipos interdisciplinares, hará que aumentemos las posibilidades de que nos cuiden a nosotros también.  Estamos hablando de las neuronas espejo, que activan la empatía hacia el otro. Cuando uno contribuye a que el entorno funcione, el entorno también le responde.

A nivel mundial, se estima que cada año se pierden 12.000 millones de días de trabajo debido a la depresión y la ansiedad, a un costo de 1 billón de dólares por año (un millón de millones) en pérdida de productividad. Pero más allá de las cifras, hay consecuencias a nivel relacional de las que debemos ser muy conscientes precisamente para cuidarlas.»

¿Las personas trabajadoras están suficientemente atentas para reconocer estos factores?

«No siempre. A veces tenemos una actitud un poco pasiva o reactiva, es decir, esperando a que sea la organización que nos diga lo que tenemos que hacer o reaccionando a situaciones concretas. Tiene que haber una actitud proactiva en el lugar del trabajo, un querer estar bien y querer promover que las relaciones con el resto de trabajadores y la dirección funcione.

Sé que puede sonar poco científico, pero para mí es esencial, especialmente en un mundo en el que a veces las posiciones son antagónicas: conmigo o contra mí. Hay que romper estas barreras y acercarnos más entre nosotros.»

¿Cuál sería la prioridad para lograr un modelo adecuado para el de bienestar emocional en el lugar de trabajo?

«Desde un punto de vista formal, tenemos una ley que establece la necesidad de cuidar los espacios de trabajo para que las personas trabajadoras puedan hacer bien sus funciones, pero más allá de lo que establezca la ley, creo que cada organización, e incluso, cada equipo de trabajo o departamento, debería tener su propio plan anual de bienestar emocional que se pueda revisar cada año. Me parece esencial poner esta mirada en la estrategia micro, a nivel básico de equipos, muy cerca de las personas, y más allá de la sensibilidad que pueda tener cada organización.

De esta manera, se implica a la persona porque no es algo que tiene que ver totalmente con la empresa, que tiene que proveer de condiciones de trabajo positivas. Con este planteamiento micro, es la persona quien también tiene que proveerse a sí mismo, a los demás y a la propia organización de unas medidas adecuadas para hacer bien el trabajo, ser productivos y disfrutar del trabajo. Puede sonar a poesía, pero me parece importante y posible, solo hace falta revisar la posición de cada uno.»

Termómetro de la situación laboral en el ámbito de la salud

Desde la Fundación Galatea, abordan de forma específica la salud mental de los profesionales de la salud. A tres años vista de la pandemia, ¿cuál es la situación actual de este colectivo en relación a su salud mental?

«La Fundación Galatea lleva 25 años atendiendo la salud mental de los profesionales de la salud. Los primeros 20 años, es decir, justo antes de la pandemia, habíamos atendido a 5.600 profesionales de la salud. En los últimos tres años hemos doblado esta cifra. A mí me parece que esto dice mucho de cuál es la situación. Es lógico, por otro lado. La pandemia ha tenido un impacto muy fuerte en los profesionales, pero también ha activado una mayor conciencia sobre la vulnerabilidad de estas profesiones.

No podemos olvidar un tema esencial: los y las profesionales de la salud no hemos sido formadas para cuidarnos, sino para cuidar a los demás. En términos generales, los profesionales de la salud no tenemos integrada la idea del autocuidado, por tanto, partimos de un déficit que se puso en evidencia durante la pandemia. Otro aspecto positivo que ha sucedido es que se ha roto un poco el estigma sobre los problemas de salud mental de los profesionales de la salud, precisamente por ese mayor reconocimiento de esa vulnerabilidad y una mayor predisposición a pedir ayuda. También hay que tener en cuenta que el sector salud, igual que el sector social, está muy feminizado y las mujeres, cuando tienen un problema de malestar emocional, piden ayuda antes y sin dificultades. A los hombres les cuesta bastante más.

Toda esta situación ha llevado a poner en marcha muchos dispositivos y programas a todos los niveles, incluso líneas de atención nuevas como las intervenciones en equipos y organizaciones. Es decir, además de atender a nivel individual a profesionales de la salud tanto en la Clínica Galatea como en el servicio de apoyo emocional, hemos puesto en marcha toda una línea dirigida a equipos. No olvidemos que, a lo largo de la pandemia, se tuvieron que tomar decisiones en los equipos y en las organizaciones de manera muy compulsiva, poco consensuada, y eso ha generado fracturas y enfrentamientos entre colegas y en los equipos que hay que intentar reconducir.»

De las visitas que realizan los profesionales de la salud en la Fundación Galatea, ¿en qué porcentaje se deben a malestar en el ámbito laboral?

«El primer motivo de consulta en la Fundación Galatea está relacionado con problemas derivados de la carga de trabajo, de las horas, de los problemas de la organización o del poco reconocimiento que, a menudo, tienen estos profesionales.

Quisiera destacar tres variables que son especialmente importantes cuando hablamos de este malestar y que nos marcan dónde tenemos que poner el foco: mujeres, jóvenes y que trabajan en la atención primaria

Los datos que normalmente trascienden sobre los profesionales de la salud son preocupantes por el nivel de ansiedad, estrés y depresión, incluso de abandono, en un escenario en el que ya se arrastraba falta de profesionales. ¿Cuál es el escenario sobre el que trabajan, qué líneas de actuación tienen ahora mismo en marcha para abordarlos?

«Si pensamos que la salud de los y las profesionales de la salud tiene que ver sólo que los propios profesionales, nos estaremos equivocando. Sabemos que uno de los factores desencadenantes de una buena o mala salud es la propia organización. En este caso, las organizaciones sanitarias son históricamente muy complejas y jerarquizadas de una determinada manera, aspectos que no ayudan en las condiciones de trabajo.

Las organizaciones sanitarias deberían hacer un análisis profundo sobre qué cambios deben hacer en beneficio de la salud de los y las profesionales. A mi entender, la pandemia nos dejó una gran lección: hacer cosas distintas para que ocurran cosas diferentes, pero tengo la sensación general que nos hemos olvidado un poco. Algunas organizaciones, tanto públicas como privadas, están ya haciendo cosas diferentes, pero mi impresión es que no es una tendencia general en el ámbito sanitario.

Por otro lado, soy de los que creen que, si el propio sistema genera malestar, éste debe dar recursos a los profesionales para que se cuiden. Confluyen, pues, varios aspectos: las propias condiciones de